Mamá, de mayor quiero ser…

Antes de leer estos párrafos, y si eres de los que arrojó sus sueños al vertedero, te invito a que los saques de ese pozo oscuro y a que regreses a aquella época en la que el mundo se veía más grande, ¿lo recuerdas?
En mi caso, pasaba las horas metido en un aula rodeado de pequeños inquietos como yo. Por aquél entonces una monjita con cara de enfadada capitoneaba el aula. Las clases, como las de cualquier colegio concertado, se dividían en rezar y, luego desde el pupitre mirar fijamente a una pizarra llena de tiza con información a memorizar, información que en su mayoría ahora hubiera borrado con la mano para atizar a algún amiguete en la cara y dejarle la cara blanca (cosa que aprovecho a hacer ahora con mi sobrina de 5 años). Recuerdo cuando me decían, “y para mañana os aprendéis esta lección de memoria”… Creo que esta gente memorizó tanto en la carrera que a la hora de ejercer su profesión y enseñarnos habían olvidado el concepto de aprender.

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Como anécdota, recuerdo una vez que una monja me cogió de la oreja muy fuerte porque le pinté un bigote al cuadro de Felipe V del libro de historia, me dijo “¿quieres que te pinte un bigote a ti?”, que miedo me daba esa señora… Terror… Podría decir que aprendí de ese tirón de oreja… pero la verdad es que de la rabia que me dio, Felipe V acabó con la barba de Carlos I… Anda mira, pues algo de historia sí aprendí.

Después, a los 17 años, debíamos elegir algo rápidamente, carrera mejor, porque así serías mucho más feliz que el resto del mundo que no tiene carrera y podrías tener un perro mejor, una casa mejor y un coche mejor. A esa edad ya tenías que saber lo que querías hacer para el resto de tu vida, si no lo sabías, te caía encima la presión social en forma del gordito de Jurassic Park (ya sabéis, ese que dice “¡ha, ha ha! ¡No ha dicho la palabra mágica! ¡ha, ha ha!). Algunos lo tenían claro, otros… no lo teníamos tanto, así que caímos en el abismo de la confusión… algunos todavía continúan en él. Es lo que tiene estudiar algo por amor a la pizarra.

Mi humilde opinión amigo: haz lo que quieras, lo que mejor se te de y lo que ansías, muévete por todos lados. Si alguien te dice “eso no da dinero”, hazlo con más convicción todavía, reiníciate, vuelve al aula y conviértela en un patio… Y sobre todo, borra de la pizarra el NO se puede, porque sí se puede.

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Me gustaría finalizar nombrando a una gran amiga mía, quizás una de las pocas personas a las que admiro realmente. Su nombre es Miriam Fernández, si eres de los que perdió la fuerza, teclea su nombre en cualquier buscador y piensa… ¿de verdad no se puede?
Amigo… nunca es tarde para coger la tiza.

 

Mamá, de mayor quiero ser…

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Ignacio Vasco Suarez

Ignacio Vasco Suarez