1. Un día cualquiera

1Siento como un atronador riff de guitarra me perfora los tímpanos.  Estoy atado de pies y manos y los servicios secretos del ejército enemigo intentan vencer mi voluntad a base de decibelios.  Llevo doce horas escuchando la misma canción una y otra vez.  No sé cuánto tiempo voy a ser capaz de seguir resistiéndolo. 

Mientras mi mente lucha contra mi cuerpo pienso en cómo el placer de escuchar música puede convertirse en una tortura.  Cuando lo que escucho no es lo que quiero escuchar.  Cuando reconozco cada nota, cada milésima de esa obra que un artista diseñó una pieza artística y que se ha convertido en una herramienta de tortura.

Por fin abro los ojos y miro el reloj.

Son las 7.01 A.M. y lo que estoy escuchando es una cuña publicitaria en la radio despertador junto a mi cama. Vuelvo a cerrar los ojos, ignorando la voz del locutor que intenta venderme un producto que no tengo muy claro (a pesar de que hoy es jueves y llevo oyendo el mismo anuncio desde el lunes).

Me incorporo poco a poco y me dirijo al baño, donde me esperan una marca de dentífrico, otra de gel de baño, de maquinillas, espuma de afeitar y de champú.  El olor del after shave me recuerda que me estoy quedando sin tiempo y he desayunar algo.  En la cocina me reúno con una marca de leche, otra de café instantáneo, una de pan de molde y otra de mermeladas.

Mientras, nuevos mensajes publicitarios siguen goteando a lo lejos, desde la radio del dormitorio, como un reguero de agua que baja por una calle, que forma parte del paisaje y que todo el mundo pisa e ignora.

Recojo mis llaves de un cesto repleto de folletos y cartas que nunca abriré y salgo a la calle.

Me recibe una brisa gélida y me abrocho el abrigo hasta arriba.  Elevo los ojos del suelo para encontrarme con el cartel de una parada de autobús, donde una modelo desafía al frío invierno en ropa interior.  Tras comprobar que el anuncio no incluye el teléfono personal de la modelo, concluyo que realmente es irrelevante para mí y sigo mi camino.

Al llegar a la boca del metro, un adolescente alarga su brazo para entregarme un papel, con un titular gigantesco: “grandes ofertas”.  Se trata de alfombras persas. Odio las alfombras peludas, es algo que me persigue desde que viví en Estados Unidos. Hago una bola con la octavilla y la encesto en una papelera.

En las escaleras que conducen al andén, una interminable alfombra de folletos que otras personas han tirado al suelo parece marcarme el camino.

Quedan tres minutos para que llegue mi tren.  Me entretengo mirando alrededor. 

Cada uno en su propio mundo.  Mundos que son pequeñas burbujas inconexas, ajenas unas de las otras.  Detrás de nosotros, una valla de unas aerolíneas me promete el mejor servicio a bordo al precio más barato.  Algo que me consta que no es posible…  Al otro lado del andén, el zoológico de la ciudad me promete la experiencia más increíble del mundo si lo visito con mis hijos.  Cuando la realidad es que ya lo he hecho y no les gustó. 

El día fluye con la misma agilidad que cualquier otro: cientos de correos electrónicos, más de la mitad de los cuales son spam.  Consultar información en webs después de pelarme con banners, ver un vídeo en YouTube tras luchar con un pre-roll que no he solicitado… así hasta las 7.30 P.M.

Mientras el sol se pone, camino de nuevo por unas calles atestadas de coches: a lo lejos la sirena de un coche de policía se funde con el altavoz de una furgoneta que vende… no sé qué vende.

image004La radio me acompaña como fondo mientras preparo la cena.  Decenas de consejos publicitarios se pierden entre el chisporroteo de la sartén y las explicaciones de mi hija de ocho años sobre el examen que ha hecho hoy.

Después de cenar me siento delante de la televisión con la idea de ver alguna película.  Tras tres cortes publicitarios donde veo dos y tres veces los mismos anuncios, me doy cuenta de que son ya las 11.30 P.M., de forma que tiro la toalla: me voy a dormir.

Apago la luz y emito un largo e involuntario suspiro. 

Conecto la aplicación de radio de mi smartphone para escuchar el programa deportivo mientras me duermo.

El conductor del programa da paso a una de sus compañeras, quien, con la máxima naturalidad de la que es capaz, enlaza un mensaje publicitario con otro. A cada uno intenta añadirle su propio sello personal, sin que ello consiga mantenerme atento.  En algún punto olvido hasta se me olvida que quería escuchar un programa deportivo.

Ha sido un día demasiado largo como para continuar acumulando más información en el disco duro.  El disco duro desconecta lentamente mientras la locutora insiste en lo importante que es transferir mi plan de jubilación a otro banco…

1. Un día cualquiera

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